Rosas en el valle peruano del Callejón de Huaylas. Por qué una minoría de agricultores de montaña peruanos se beneficia de los programas pandémicos del gobierno del país.

Rosas peruanas

La pandemia de Covid-19 creó una gran amenaza para los cultivadores de rosas en el valle peruano del Callejón de Huaylas en la región de Ancash.

El agua de deshielo de los glaciares de la Cordillera Blanca es compatible con los sistemas de riego en este valle, lo que permite una larga temporada de cultivo de rosas, así como una serie de cultivos alimentarios.

Una rápida respuesta del gobierno alivió a algunos de los productores, principalmente a los más grandes, con mayores inversiones y vínculos más fuertes con agencias gubernamentales y bancos nacionales.

Los pequeños productores, cuyos lazos económicos y sociales se centran en las comunidades locales, no pudieron beneficiarse.

A fines de abril, las empresas agrícolas en esta región y en todo el Perú que cultivan flores para la venta en los mercados nacionales e internacionales enfrentaron lo que denominaron una “crisis terrible” y una situación “catastrófica”.

La pandemia de Covid-19 amenazó a Perú, y las numerosas muertes en el vecino Ecuador hicieron evidentes los riesgos. El 15 de marzo, el presidente, Martin Vizcarra, anunció una cuarentena de 15 días, que se extendió hasta el 24 de mayo, aunque con el levantamiento de algunas restricciones en las regiones menos afectadas.

Las ventas en el Día de la Madre representan la mitad del negocio de los floricultores del Perú, por lo que la posibilidad de perder esta parte del negocio creó preocupación profunda. Las pérdidas podrían sumar 20 mil toneladas de flores, por un valor de 15 millones de soles peruanos, o 4.4 millones de dólares estadounidenses.

El mercado interno es particularmente importante en la actualidad, porque las exportaciones de flores desde Perú cayeron en más de dos tercios en marzo.

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