Región de Apurímac, historia del misionero francés en el pueblito Progreso

Región de Apurímac, historia del misionero francés en el pueblito Progreso. La parroquia se ubica a 4000 metros de altitud. A este rincón aislado que coquetea con el cielo fue enviado Hervé Penfentenyo, a finales de 2012.

Región de Apurímac

En este rincón de Perú oficia el hombre de Dios a los 42 años. El misionero de las alturas celestiales y terrestres descubrió Perú en 2001, como parte de un voluntariado dedicado a la educación de jóvenes pobres y abandonados.

Después de un año de misión eligió el sacerdocio. Hizo estudios de Teología en Toledo en España, antes de ser ordenado sacerdote el 3 de julio de 2011. Poco después, regresó a Perú. Acudió a la llamada del obispo de la Prelatura de Chuquibambilla, de la región Apurímac, al oeste de la famosa ciudad imperial de Cuzco.

El padre francés, afirma: «En Europa, pensamos cosas. Diría que en América Latina, las sentimos. Aquí, las personas tienen menos conocimiento doctrinal que en Europa, pero tienen una gran devoción por Jesús, la Virgen y los santos. Dios les es familiar».

Progreso es un poblado rico en oro y cobre, pero muy pobre en estructuras sociales, educativas y de salud. En la región, las minas son explotadas por extranjeros y los beneficios económicos para los habitantes son inexistentes debido a la administración desastrosa o la corrupción de las autoridades locales.

Allí, la Iglesia goza de cierta autoridad porque sus religiosos y sus sacerdotes viven austeros y se dedican al servicio de los pobres y los jóvenes. «Todavía estamos en una fase de sentar las bases de la vida cristiana con una población marcada por una religión natural, supersticiosa y fatalista», dice el padre Hervé de Penfentenyo.

Ejerce su apostolado dentro de las escuelas, los únicos lugares que reúnen a todos los jóvenes de las comunidades de las aldeas. Pero también visita a los habitantes en reuniones informales. Los misioneros que le precedieron en Progreso se ocuparon de construir los puentes, limpiar el agua, construir hornos de pan.

El pastor entusiasta describe un día típico. A esta altitud, el aire es escaso. Las casas de barro y los techos de paja están dispersos y conectados por pequeños caminos de tierra serpenteantes. Al amanecer los pobladores están ocupados, uno al fuego para preparar la sopa del desayuno y el otro debajo del grifo para higienizarse.

Durante el día las mujeres mantienen sus rebaños mientras los hombres van a la mina. Las abuelas hacen guardia en pequeñas cabañas, manteniendo el fuego e hilando lana de ovejas y alpaca. La noche cae temprano, alrededor de las 18:30, por lo que poca gente se une a la capilla para la misa de la noche. «Y, sin embargo, no es por la falta de timbre de la vieja campana», señala con humor el misionero.

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