Perú, legado del imperio inca «siembra» agua

Perú, legado del imperio inca «siembra» agua. Canales de piedra han atravesado las imponentes montañas de Perú durante casi 1400 años, legado que el imperio inca puso en valor para el agua.

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La gente de San Pedro de Casta, una comunidad de 1000 habitantes en el centro-oeste de Perú, no inventó nada: kilómetros de canales de piedra han atravesado sus imponentes montañas tropicales durante casi 1400 años. En su momento, las civilizaciones preincaicas las utilizaron para abastecerse de agua, un recurso sobreabundante en la época de lluvias pero que escaseaba en la época seca. La técnica tiene un nombre quechua, amunas, que significa “retener agua”. Un gran desafío en el Perú.

El agua que brota de las imponentes montañas verdes de San Pedro de Casta alimenta, 95 kilómetros más al oeste, a Lima y sus 10 millones de habitantes. Atrapada en una zona desértica, la capital corre el riesgo de una gran crisis de agua en los próximos quince años y tiene solo el 2% de las reservas de agua del país para un tercio de la población.

“Las amunas nos ayudan a conservar los recursos hídricos al recargar los acuíferos por infiltración”, explica Piero Villaroel, ingeniero de la organización sin fines de lucro Aquafondo, cuya misión es renovar estos canales.

El país puede tener el 5% de las reservas mundiales de agua dulce, pero están mal distribuidas: el 97% del agua se concentra en la región amazónica, donde vive sólo un tercio de la población. La costa del Pacífico y los Andes experimentan episodios regulares de sequía.

Antes de llegar al pueblo de San Pedro de Casta, el agua se precipita por un circuito de canales de 8,4 kilómetros en la ladera de la montaña, formando la amuna de Senego-Tambo. Piero Villaroel apunta a picos de más de 4.000 metros sobre el nivel del mar. “El agua viene de allá arriba, de la cuenca de Chanicocha que se llena en la época de lluvias”.

Agua vital

Parte del caudal de la cuenca Chanicocha fluye en un torrente natural, necesario para el ecosistema local. La otra parte es desviada por un amplio canal que filtra los sedimentos. Luego, el agua se precipita hacia un canal de un metro de ancho, un canal de transición de hormigón. Allí, el flujo se ralentiza y se estabiliza para que llegue sin problemas a los canales de infiltración, las piezas centrales del sistema de agua. “La pendiente de los canales de infiltración es mucho menor.

La idea aquí es que el agua repose y se infiltre”, especifica el técnico. El agua va a parar a una zona rocosa y permeable para infiltrarse en las aguas subterráneas, que a su vez abastecerán las reservas de agua utilizadas por los habitantes de la región.

Durante décadas, estos canales de piedra estuvieron abandonados, recuerda Eufrenio Obispo, reacomodando su raído sombrero. En los años 80, el septuagenario de los ojos risueños había intentado, con unos amigos, renovar las amunas del pueblo. “Pero nuestro trabajo era muy rústico, no teníamos los medios”, lamenta. Pocos de sus conciudadanos fueron ganados para la causa. “Nos dijeron que era una locura reconstruir los canales, que el agua se iba a ir del pueblo, que no servía”, sonríe Eufrenio.

Pero a principios de la década de 2010, dos años consecutivos de sequía convencieron a los más reacios. Los primeros proyectos realizados por pobladores vieron la luz en 2014, antes de la llegada, en 2016, de la organización Aquafondo. Aquí nuevamente, los escépticos tuvieron que ser domesticados. En la comunidad de San Pedro de Casta, muchos desconfían de lo que viene de la capital, por temor a que los técnicos en Lima desvíen los recursos o aumenten las facturas del agua.

Amunas

Sin embargo, la renovación de las amunas es imposible sin la comunidad. Para acondicionar los 8,4 kilómetros de la amuna Senego-Tambo, un centenar de trabajadores, entre ellos una cuarta parte mujeres, pululaban por los canales a reconstruir durante tres meses y medio. “Se estima que un trabajador rehabilita un metro de amuna por día”, dice Plácido Bautista Salinas, poblador a cargo del sitio. La renovación se realiza antes de la temporada de lluvias, entre octubre y diciembre.

Aquafondo paga a los trabajadores entre 20 y 30 euros por día, que es al menos el doble del salario mínimo diario en Perú. El precio de la renovación asciende a una media de 37.000 euros por kilómetro, es decir, una relación coste/efectividad por metro cúbico de agua suministrada mucho más atractiva frente a la creación de nuevas infraestructuras para abastecer mejor a la capital, Lima.

En otras palabras, el beneficio de la renovación es doble: más ventajosa económicamente, también implica menos recursos que la construcción de un nuevo sistema.

“Estábamos contentos porque había trabajo para toda la comunidad”, agrega Plácido. Durante el trabajo, los habitantes también debían turnarse en los campos y con su ganado para mantener las actividades agrícolas del pueblo. Su colega Luis Astupina, cincuentón, guarda un grato recuerdo de él: “Aprendí mucho en este sitio y el beneficio es para toda la comunidad”. Todos los materiales de construcción, como piedra o arcilla, se llevaron al lugar.

Pueblos y ciudades

Para los habitantes de San Pedro de Casta, la recompensa al esfuerzo se aprecia a casi un año de la obra. El agua adicional aportada permite abastecer una balsa de retención de aproximadamente 1.200 metros cúbicos. Ese día, unas cincuenta vacas acuden a saciar su sed y las tuberías llevan el agua recuperada a las parcelas agrícolas. Eufrenio Obispo arrastra su delgada figura hasta una pared de roca por donde corre el agua, prueba de que la infiltración unos metros más arriba se está produciendo.

“Antes el agua que se cogía en época de lluvias [de diciembre a abril, nota del editor] nos permitía aguantar hasta julio, hoy tenemos agua hasta agosto o hasta octubre. Sufrimos menos escasez”, dice el anciano.

Según un estudio peruano, publicado en 2019 en la revista Nature Sustainability, el agua infiltrada puede permanecer almacenada hasta 45 días en sótanos antes de emerger en una fuente. Aquafondo, por su parte, adelanta la cifra de 225.000 metros cúbicos de agua transportados cada año gracias a un kilómetro de amuna.

“La infiltración de agua recarga las aguas subterráneas, las aguas subterráneas alimentan los ríos y los ríos llegan a Lima”, resume Piero Villaroel, gerente técnico de Aquafondo. Eufrenio se congratula de ello: “Antes llovía y el agua iba a parar al océano Pacífico, ahora la mantenemos y hasta abastecemos a las ciudades. Matamos dos pájaros de un tiro”.

El estudio de 2019 estima un incremento de 7,5%, en época seca, en el volumen de la cuenca del Rímac, principal abastecedor de la capital peruana. Al final de la temporada de lluvias, la contribución asciende a un promedio de 33%. Por lo tanto, el sistema de infiltración tradicional es útil además de las instalaciones de almacenamiento más tradicionales, concluyen los investigadores.

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